martes, junio 20, 2006

Lost in translation

He conseguido un trabajo. No uno nuevo, porque el viejo era inexistente. Un trabajo a secas.
Desde hace un par de días trabajo en la facturación de una estación de autobuses. Es, sin duda alguna, un trabajo acorde con mi titulación, que se limita a la de post anteriores y a los títulos de mis canciones. Ya hablaré de ello, en otro momento.

En este cortísimo tiempo he tenido la ocasión de sentirme observador de cómo la humanidad viene y va de un sitio a otro. ¡Qué cantidad de historias se podrían sacar de esta nueva situación!
Los que huyen, las que vuelven, los que llegan... Los que se enamoran en la sala de espera, y esperan que ese amor efímero y platónico se digne a pasar siquiera una mirada sobre ellos.
Los que despiertan, desorientados y confusos.
Los que abandonan, cansados de esperar, o albergando la duda de si debieron esperar tanto. Los felices, los míseros.

A lo largo de los pasillos se aglutina lo peor y lo mejor del ser humano. A veces, cualquiera de estos dos mundos no dependen de uno mismo, sino que uno mismo es tocado por las musas de la luz, o apuñalado a traición por la más oscura de las suertes. Mientras divago entre sus caras, mientras me invento sus sueños, una voz a mi espalda me reclama con timidez.

Al principio es un murmullo. Noto su presencia, pero su voz no es invasiva. Es una voz baja, que va subiendo a la vez que yo aterrizo en mi rutina. Le miro (porque es un hombre) pero me cuesta situarlo. Podría haberse materializado ahí mismo, quien sabe.
Yo no lo ví entrar. Simplemente estaba alli.

Es un hombre negro, muy alto y delgado. De pronto su voz se hace presente, tímida y dubitativa. "Su camiseta podría hablar más alto que el" - pienso -. Intenta decirme algo. Y yo le miro a los ojos.
Sus ojos. Son ojos asustados, que miran con temor. Me doy cuenta de que esta expresión se sale de ellos, y contagia a sus pómulos, a su boca, a sus manos. No habla mi idioma. Ni ninguno que conozca. Como él hay muchos en todo el mundo. Debe llevar apenas media hora en Madrid, porque no sabe donde está, ni a quien dirigirse. Pero quiere algo de mi.

Mira detrás de donde estoy. Hay una estantería con sobres que van y vienen. Como las personas.
Estoy seguro de que uno es para el. Le muestro uno y el asiente. Eso arranca una tímida sonrisa que tal vez no es tímida sino que sale de lo más profundo del dolor, y este no deja mostrar más. Le pregunto su nombre. No lo entiendo. Le doy un boligrafo y un papel y el escribe con esfuerzo
"Kunnei" Creo que pone eso. Le digo que desde dónde lo espera, y el me responde "Kunnei". " Granada Kunnei". Le hago un gesto y el espera. Busco en su sitio y allí aparece. No hay ningún apellido. Sólo Kunnei.

Es un sobre diminuto, escrito con otra letra, no mucho mejor. Se lo enseño y se iliumina de nuevo la expresión que se esconde tras su cara. Me dice mas cosas, pero no le entiendo. Me pregunta algo una y otra vez, pero no se qué es. Me hace un gesto de que lo olvide. Se aleja, hablando y cada dos pasos se da la vuelta. Me está hablando a mi. Su cara sirve de perfecta traducción de que le da rabia y pena no poder encontrar ayuda, porque nadie lo entiende. Levanta el sobre, como el que levanta una copa a un extraño, para agradecerle la ronda que pagó por altruismo. Es su manera de darme las gracias.

Se sigue alejando y yo le sigo con la mirada. En menos de un minuto es uno más en el pasillo. Anónimo, solitario. Feliz y miserable. Luego desaparece entre el gentío. Me siento mal. Probablemente ni sepa donde está. De pronto, una voz interrumpe mis divagaciones. Es una mujer española, que cubre su cara con unas gafas de sol enormes , como si fuera una estrella de Hollywood huyendo de los paparazzis. Huele a maquillaje y a perfume de mas.
Está exhaltada, porque se ha dejado su teléfono movil en el asiento de un trayecto VIP.

Que asco de mundo.

1 Comments:

Blogger Camilitten said...

Wow.
Lo siento, estoy un poco desconcentrada ahora. Me encantó tu relato. Espero la próxima publicación.

Que estés muy bien, adiós!

2:58 a. m.  

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