domingo, junio 25, 2006

La Amnesia

Vivo en un país que tradicionalmente ha sido emigrante. Salvando las distancias con los colonos de una época que aquí algunos energúmenos - de esos que aún celebran el día de la hispanidad el día que Cristobal Colón abrió la caja de pandora - aún llaman dorada, España siempre fué un país de contrastes entre el caciquismo y el hambre, ganando la hambruna por goleada.

Varias han sido las migraciones de esta tierra. Las de todo país, del campo a la ciudad. Las de los exiliados por la guerra, que en nuestro caso fué a la par con la de millones de judíos e izquierdistas en la Europa fascista, que huían al otro lado del charco en busca de asilo y fortuna,
y por supuesto la de la consiguiente posguerra, donde nuestra migración fué principalmente hacia Alemania, que comenzaba a esbozarse como la gran potencia europea en la segunda mitad del siglo XX.

Los españolitos - o los gallegos, como se prefiera - emigrábamos a países modernos, donde se necesitaba mano de obra barata y donde nuestra sofisticación, de analfabetismo funcional y queso bajo el brazo, chocaba con la de los europeos, más fríos y serios, donde las mujeres eran señoronas con derecho a voto y sastre y los hombres los monsieurs (o mesiés) que nos miraban por encima del hombro y que nos veían como a un país menor, folclórico y ultra religioso ( lo que decía bastante poco a nuestro favor).

Sufrimos entonces, como cualquier extranjero, el rechazo del silencio y la exclusión. Eramos una presencia molesta, que se comunicaba a gritos y aspamientos (según los tranquilos y estirados centroeuropeos) y que no hacía nada por integrarse en el sistema establecido. Formaba ghetos donde se bebía vino de la bota y se echaba de menos España. Años después, con los nuestros ya en casa contando batallitas de lo vivido en las Suizas, Alemanias y resto de centropas, nos llegó la democracia y la entrada en la unión europea.

A principios de los 80 una gran revolución cultural atravesó la península iberica de norte a sur. Fué el comienzo de la modernización. En esos tiempos, caminabas por la calle y la gente se miraba a la cara, se saludaba sin conocerse apenas. Se crearon infinidad de asociaciones vecinales y culturales que daban vida a los barrios, pero que fueron desapareciendo ( o hechas desaparecer?) con la prisa del progreso. Es la época en que Almodóvar hacía películas escatalíticas con cuatro perras gordas - medida monetaria que aún se utilizaba en las expresiones de la época - y en la que algun miembro (nunca mejor dicho) de la hoy cúpula de la SGAE (o Sociedad general de autores y editores, hoy convertidos en los Hoovert y Mccarthys de la anti piratería española) orinaba desde el escenario al público asistente.

Hoy en día (casi 30 años despues) el españolito pobre viaja en metro leyendo cualquier Best Seller de turno sin prestar atención a nada ni a nadie. Sus preocupaciones se limitan a pagar una hipoteca, un coche y a cualquier cosa que tenga que ver con lo material, con él y solo con él. El altruismo se ha convertido en algo casi corporativo, o ha sido institucionalizado como algo que pasa a una determinada edad, generalmente achacado a la adolescencia o a un idealismo "que ya se nos pasará". ¿En qué momento nos volvimos unos fachas aburridos?

En este momento España atraviesa un impresionante crecimiento de la inmigración, especialmente desde los países que nosotros mismos expoliamos (y continuamos haciéndolo)
Desde los sectores de siempre de la derecha española se está jaleando al votante medio de los peligros y maldades de lo que representa este colectivo, alimentando el racismo zafio y analfabeto. Hoy son los Latinos, Africanos, Asiáticos los que se han convertido en el vecino molesto, en el pariente pobre. Pero nadie se acuerda (o nadie se quiere acordar) de que España fué uno de estos países emigrantes. Nos hemos convertido en aburridos europeos, que van por la calle mirando al suelo, como si la cosa no fuera con nosotros.

Qué Hipócritas.