lunes, junio 26, 2006

Castigo


No volveré a pasar durmiendo mi día libre. No volveré a pasar durmiendo mi día libre. No volveré a pasar durmiendo mi día libre. No volveré a pasar durmiendo mi día libre. No volveré a pasar durmiendo mi día libre. No volveré a pasar durmiendo mi día libre. No volveré a pasar durmiendo mi día libre. No volveré a pasar durmiendo mi día libre. No volveré a pasar durmiendo mi día libre. No volveré a pasar durmiendo mi día libre. No volveré a pasar...

Y así hasta quinientas. Es mi castigo por perezoso.

Dime de dónde eres...

... Y te diré a quien te crees superior.

En mi estrenado trabajo.
45 grados de calor, ya que no tenemos aire acondicionado. Y eso en Europa, claro, no está bien visto. Un percusionista brasileiro camina aparatosamente portando su instrumento, que consiste en un tambor o caja y un gran timbal que le llega por la cintura. No cabe en ninguna de las consignas, en las que la gente deposita la friolera de 2 Euros para poder moverse con libertad por el clásico centro comercial en que se han convertido las estaciones y centros de viaje.

Intenta averiguar si hay alguna posibilidad de que algún mozo le cuide el equipaje. No es posible. Aunque fueras un finlandés - o finés - millonario, no existiría ninguna posibilidad. Normas de la empresa, le dicen. Al recibir una respuesta negativa, comenta ofendido.

- Esto no es normal. Esto es Europa, pero parece que estamos en Africa.

Cinco minutos después. Otro viajero, parece guineano, vestido con un traje impoluto y caro se pasea arrastrando una maleta en la que podrían caber todas mis pertenencias terrenales. Por supuesto, ésa maleta tampoco cabe en ninguna de las taquillas. Al recibir, tambien, una negativa por parte del responsable le espeta:

- Desde luego, esto, más que Europa, parece Filipinas.

Yo, como testigo de ambas afirmaciones, me sonrío y pienso.

El Racismo es cosa de todos.

domingo, junio 25, 2006

La Amnesia

Vivo en un país que tradicionalmente ha sido emigrante. Salvando las distancias con los colonos de una época que aquí algunos energúmenos - de esos que aún celebran el día de la hispanidad el día que Cristobal Colón abrió la caja de pandora - aún llaman dorada, España siempre fué un país de contrastes entre el caciquismo y el hambre, ganando la hambruna por goleada.

Varias han sido las migraciones de esta tierra. Las de todo país, del campo a la ciudad. Las de los exiliados por la guerra, que en nuestro caso fué a la par con la de millones de judíos e izquierdistas en la Europa fascista, que huían al otro lado del charco en busca de asilo y fortuna,
y por supuesto la de la consiguiente posguerra, donde nuestra migración fué principalmente hacia Alemania, que comenzaba a esbozarse como la gran potencia europea en la segunda mitad del siglo XX.

Los españolitos - o los gallegos, como se prefiera - emigrábamos a países modernos, donde se necesitaba mano de obra barata y donde nuestra sofisticación, de analfabetismo funcional y queso bajo el brazo, chocaba con la de los europeos, más fríos y serios, donde las mujeres eran señoronas con derecho a voto y sastre y los hombres los monsieurs (o mesiés) que nos miraban por encima del hombro y que nos veían como a un país menor, folclórico y ultra religioso ( lo que decía bastante poco a nuestro favor).

Sufrimos entonces, como cualquier extranjero, el rechazo del silencio y la exclusión. Eramos una presencia molesta, que se comunicaba a gritos y aspamientos (según los tranquilos y estirados centroeuropeos) y que no hacía nada por integrarse en el sistema establecido. Formaba ghetos donde se bebía vino de la bota y se echaba de menos España. Años después, con los nuestros ya en casa contando batallitas de lo vivido en las Suizas, Alemanias y resto de centropas, nos llegó la democracia y la entrada en la unión europea.

A principios de los 80 una gran revolución cultural atravesó la península iberica de norte a sur. Fué el comienzo de la modernización. En esos tiempos, caminabas por la calle y la gente se miraba a la cara, se saludaba sin conocerse apenas. Se crearon infinidad de asociaciones vecinales y culturales que daban vida a los barrios, pero que fueron desapareciendo ( o hechas desaparecer?) con la prisa del progreso. Es la época en que Almodóvar hacía películas escatalíticas con cuatro perras gordas - medida monetaria que aún se utilizaba en las expresiones de la época - y en la que algun miembro (nunca mejor dicho) de la hoy cúpula de la SGAE (o Sociedad general de autores y editores, hoy convertidos en los Hoovert y Mccarthys de la anti piratería española) orinaba desde el escenario al público asistente.

Hoy en día (casi 30 años despues) el españolito pobre viaja en metro leyendo cualquier Best Seller de turno sin prestar atención a nada ni a nadie. Sus preocupaciones se limitan a pagar una hipoteca, un coche y a cualquier cosa que tenga que ver con lo material, con él y solo con él. El altruismo se ha convertido en algo casi corporativo, o ha sido institucionalizado como algo que pasa a una determinada edad, generalmente achacado a la adolescencia o a un idealismo "que ya se nos pasará". ¿En qué momento nos volvimos unos fachas aburridos?

En este momento España atraviesa un impresionante crecimiento de la inmigración, especialmente desde los países que nosotros mismos expoliamos (y continuamos haciéndolo)
Desde los sectores de siempre de la derecha española se está jaleando al votante medio de los peligros y maldades de lo que representa este colectivo, alimentando el racismo zafio y analfabeto. Hoy son los Latinos, Africanos, Asiáticos los que se han convertido en el vecino molesto, en el pariente pobre. Pero nadie se acuerda (o nadie se quiere acordar) de que España fué uno de estos países emigrantes. Nos hemos convertido en aburridos europeos, que van por la calle mirando al suelo, como si la cosa no fuera con nosotros.

Qué Hipócritas.

martes, junio 20, 2006

Lost in translation

He conseguido un trabajo. No uno nuevo, porque el viejo era inexistente. Un trabajo a secas.
Desde hace un par de días trabajo en la facturación de una estación de autobuses. Es, sin duda alguna, un trabajo acorde con mi titulación, que se limita a la de post anteriores y a los títulos de mis canciones. Ya hablaré de ello, en otro momento.

En este cortísimo tiempo he tenido la ocasión de sentirme observador de cómo la humanidad viene y va de un sitio a otro. ¡Qué cantidad de historias se podrían sacar de esta nueva situación!
Los que huyen, las que vuelven, los que llegan... Los que se enamoran en la sala de espera, y esperan que ese amor efímero y platónico se digne a pasar siquiera una mirada sobre ellos.
Los que despiertan, desorientados y confusos.
Los que abandonan, cansados de esperar, o albergando la duda de si debieron esperar tanto. Los felices, los míseros.

A lo largo de los pasillos se aglutina lo peor y lo mejor del ser humano. A veces, cualquiera de estos dos mundos no dependen de uno mismo, sino que uno mismo es tocado por las musas de la luz, o apuñalado a traición por la más oscura de las suertes. Mientras divago entre sus caras, mientras me invento sus sueños, una voz a mi espalda me reclama con timidez.

Al principio es un murmullo. Noto su presencia, pero su voz no es invasiva. Es una voz baja, que va subiendo a la vez que yo aterrizo en mi rutina. Le miro (porque es un hombre) pero me cuesta situarlo. Podría haberse materializado ahí mismo, quien sabe.
Yo no lo ví entrar. Simplemente estaba alli.

Es un hombre negro, muy alto y delgado. De pronto su voz se hace presente, tímida y dubitativa. "Su camiseta podría hablar más alto que el" - pienso -. Intenta decirme algo. Y yo le miro a los ojos.
Sus ojos. Son ojos asustados, que miran con temor. Me doy cuenta de que esta expresión se sale de ellos, y contagia a sus pómulos, a su boca, a sus manos. No habla mi idioma. Ni ninguno que conozca. Como él hay muchos en todo el mundo. Debe llevar apenas media hora en Madrid, porque no sabe donde está, ni a quien dirigirse. Pero quiere algo de mi.

Mira detrás de donde estoy. Hay una estantería con sobres que van y vienen. Como las personas.
Estoy seguro de que uno es para el. Le muestro uno y el asiente. Eso arranca una tímida sonrisa que tal vez no es tímida sino que sale de lo más profundo del dolor, y este no deja mostrar más. Le pregunto su nombre. No lo entiendo. Le doy un boligrafo y un papel y el escribe con esfuerzo
"Kunnei" Creo que pone eso. Le digo que desde dónde lo espera, y el me responde "Kunnei". " Granada Kunnei". Le hago un gesto y el espera. Busco en su sitio y allí aparece. No hay ningún apellido. Sólo Kunnei.

Es un sobre diminuto, escrito con otra letra, no mucho mejor. Se lo enseño y se iliumina de nuevo la expresión que se esconde tras su cara. Me dice mas cosas, pero no le entiendo. Me pregunta algo una y otra vez, pero no se qué es. Me hace un gesto de que lo olvide. Se aleja, hablando y cada dos pasos se da la vuelta. Me está hablando a mi. Su cara sirve de perfecta traducción de que le da rabia y pena no poder encontrar ayuda, porque nadie lo entiende. Levanta el sobre, como el que levanta una copa a un extraño, para agradecerle la ronda que pagó por altruismo. Es su manera de darme las gracias.

Se sigue alejando y yo le sigo con la mirada. En menos de un minuto es uno más en el pasillo. Anónimo, solitario. Feliz y miserable. Luego desaparece entre el gentío. Me siento mal. Probablemente ni sepa donde está. De pronto, una voz interrumpe mis divagaciones. Es una mujer española, que cubre su cara con unas gafas de sol enormes , como si fuera una estrella de Hollywood huyendo de los paparazzis. Huele a maquillaje y a perfume de mas.
Está exhaltada, porque se ha dejado su teléfono movil en el asiento de un trayecto VIP.

Que asco de mundo.

lunes, junio 19, 2006

La cabra mecánica, detenida en Tenerife...


... Aunque no se trataba de El Lichis, sino de una cabra motorista. Eso sí, la D.G.T. tiene que admitir que el animalito era responsable. Al parecer viajaba con casco y acompañada. ¿Tendremos que revisar los derechos de las cabras?
El Gobierno aún no se ha pronunciado. ..

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Contradicciones

Una de las características de la generación tupper (aunque extensible a todo el primer mundo ) es la contradicción. En nuestro caso puede estar un tanto más acentuada, ya que somos los hijos de la era del marketing mediático, que tanto daño ha hecho a nuestro sistema neuronal.

Somos absolutamente contradictori@s, hasta rozar el absurdo. Hemos recibido una mejor educación que nuestros mayores - o eso nos espetan una y otra vez - y hemos recibido una enorme cantidad de información que nos ha permitido armarnos de supuestos sólidos valores respecto a según qué cosas. Nos autoproclamamos seres independientes, pero a la gran mayoría de nosotr@s nos sigue alimentando mamá. Decimos estar a favor de la ecología pero consumimos 30 veces más de lo que necesitamos.
No queremos que nos exploten pero vestimos ropa cosida por niños de 11 años en países a veces impronunciables. No falta en ningún vecindario el íntegro anticapitalista, secreto amante del Big Mac. ¿O tal vez esa chica que se alimenta de Cocacola Light porque está preocupadísima con su peso, mientras se apoltrona en el sofá viendo el maravilloso y edificante mundo que nos ofrece cada día El diario de Patricia?

En fin. Contradicciones...

Uno, dos... probando

"En 1972, cuatro de los mejores hombres del ejército americano fueron juzgados y condenados por un delito que no habían cometido. No tardaron en escaparse de la prisión donde estaban recluidos... "

Se veía venir. Estaba claro que con iconos culturales de este calado, nuestra generación estaba destinada convertirse en algo muy poco serio. Que toda esa información acumulada desde Mazinger Z hasta Falcon Crest, pasando por Candy Candy o Verano azul iba a dejarnos secuelas permanentes. Los hijos e hijas de la pre-democracia española nacimos con la tele puesta. La caja tonta fué (y ha seguido siendo) nuestra Mary Poppins, nuestra fuente de sabiduría al margen de los libros de texto.

Lo dicho. Se veía venir.

Por supuesto, la culpa de ello no puede recaer en nuestros progenitores que - generalmente ambos- trabajaban durante todo el día. Con la que estaba cayendo (políticamente hablando) bastante trabajo hicieron transmitiéndonos una cálida sensación de normalidad que nos mantuvo en la ignorancia política y social hasta casi nuestros días. Con la estrenada democracia aparecieron nuevas formas de educación, que con toda la buena intención del mundo, nos llenaron la cabeza de pajaritos volando en Libertad que bebían de las aguas de la igualdad de oportunidades. Con eslóganes como éste consiguieron hacer el resto del trabajo y crear el boceto de lo que hoy en día somos: La Generación del Tupperware.

Y aquí nos encontramos. Treinta y pocos años y aún cantan los jilgueros. Vamos de independientes pero mamá llena nuestra nevera. Nuestros valores se han ido deformando entre juguetitos inútiles y modas pasajeras creadas para la más pura distracción. Hemos huído hacia lo fácil. Vivimos esperando lo que está por llegar porque no terminamos de aceptar lo que nos toca vivir. Alguno de nosotros - probablemente los peores - hasta se han convertido en el icono de los que vienen por detrás. Pero la triste verdad es que no hay sitio para todos. Nunca lo hubo. Pero eso no nos lo dijo Lorenzo Lamas, ni Michael Knight, ni Torrebruno.

Nuestros padres nos avisaron, claro, pero les mandamos a paseo. No podía ser. Queríamos ser los guays de la fiesta, no los camareros. Queríamos tener aquel piso de dos plantas con jardín habitado por aquella familia perfecta. Queríamos vivir el amor de aquellas peliculas tan chulas que siempre acaban bien.
¡No es justo! ¡Que nos devuelvan el futuro!

Así que hoy comienzo a escribir esta Bitácora en homenaje a esta generación, medio independizada pero que no termina de arrancar. Esos chicos digitales del siglo XXI - un tanto tardíos - a los que cantaban los Bad Religion. A todos esos hombres y mujeres que conformamos la cada vez mas absurda Generación Tupper.
A estos hombres y mujeres que somos y a los que que tal vez llegaremos a ser - y a tí también, Mamá - va dedicada esta idea.

Prometo que esto será divertido. Un saludo.